Acto de consagración de la familia al Sagrado Corazón de Jesús
Gloria al Sagrado Corazón de Jesús por la misericordia infinita que ha mostrado a los dichosos servidores de este hogar, al escogerlos entre otros mil como heredad de amor y santuario de reparación, donde lo desagravian por la ingratitud de los hombres.
¡Cuánto sentimos nuestra indignidad ante el honor que nos haces al querer reinar sobre nuestra familia! ¡Cómo te adora ella en silencio y se alegra de que quieras compartir con nosotros, bajo un mismo techo, los trabajos, las preocupaciones y los consuelos de tus hijos! No somos dignos, es verdad, de que entres bajo este pobre techo, pero pronunciaste una palabra en la que se reflejó la belleza de tu Corazón, y nuestras almas, sedientas de ti, encontraron en la llaga de tu costado, oh buen Jesús, aguas vivas que saltan hasta la vida eterna. Por eso, arrepentidos y confiados, venimos a entregarnos a ti, que eres la vida inquebrantable. Quédate con nosotros, oh Sagrado Corazón, porque sentimos un deseo irresistible de amarte y de encender a otros en tu amor. A ti, que eres la zarza ardiente que ha de inflamar el mundo para santificarlo.
Que esta casa sea para ti un refugio tan grato como Betania, donde puedas descansar junto a almas que te aman y que escogieron la mejor parte en la intimidad amorosa de tu Corazón. Que sea para ti un asilo pobre pero hospitalario, como en Egipto durante el destierro terreno. Ven, Señor Jesús, ven, porque aquí, como en Nazaret, amamos con amor entrañable a la Santísima Virgen, tu dulce Madre, que nos diste. Ven a llenar con tu dulce presencia el vacío que la desgracia y la muerte han dejado entre nosotros.
Oh amigo fidelísimo, si hubieras estado aquí en las horas de tristeza y de luto, nuestras lágrimas habrían sido menos amargas; habríamos encontrado un bálsamo saludable para nuestras heridas ocultas, que solo tú conoces. Ven, porque nuestras fuerzas se debilitan y el día de la juventud y de las ilusiones declina. Quédate con nosotros, porque ya es tarde, y nosotros queremos pertenecer solo a ti, porque solo tú eres el Camino, la Verdad y la Vida. Ojalá escuchemos las palabras que dijiste un día a Zaqueo: «Es necesario que hoy me quede en tu casa».
Sí, Señor, haz aquí tu morada, para que vivamos en tu amor y en tu compañía nosotros, que te elegimos como nuestro Rey, porque no queremos a nadie más que a ti. Amén.