
Santos Simeón y Ana
Anciano y profetisa, testigos de la presentación de Jesús en el templo
Los santos Simeón y Ana son las dos personas que, en el templo de Jerusalén, reconocieron en el Niño Jesús al Mesías esperado: un anciano justo y piadoso, y una viuda y profetisa. El Martirologio Romano los recuerda juntos el 3 de febrero, al día siguiente de la fiesta de la Presentación del Señor.
Todo lo que sabemos de ellos lo escribió san Lucas en el segundo capítulo de su Evangelio. No conocemos los años de su vida ni su suerte posterior. Simeón vivía en Jerusalén. El evangelista lo llama hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel, y añade que el Espíritu Santo estaba con él. No dice a qué se dedicaba Simeón ni qué edad tenía. Sin embargo, el Espíritu Santo le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor, y por eso la tradición, y con ella el Martirologio, ve en él a un anciano.
Cuarenta días después del nacimiento de Jesús, María y José lo llevaron al templo para presentarlo al Señor, conforme a la Ley de Moisés. Simeón acudió allí impulsado por el Espíritu, tomó al Niño en brazos y bendijo a Dios. Sus palabras se conocen como el cántico Nunc dimittis. En él el anciano pide al Señor que lo deje irse en paz, porque sus ojos han visto la salvación preparada ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de Israel. La Iglesia reza este cántico cada noche, en la oración que cierra el día.
Simeón bendijo a María y a José y después se dirigió a María sola. Anunció que su Hijo estaba puesto para que muchos en Israel cayeran y se levantaran y que sería un signo de contradicción, y que a ella una espada le traspasaría el alma. La Iglesia ve en estas palabras el anuncio del sacrificio de Cristo en la cruz y de la participación de la Madre en el sufrimiento de su Hijo.
Ana era hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Quedó viuda tras siete años de matrimonio, y el día de su encuentro con Jesús tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo y servía a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Presentándose en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Juan Pablo II observó que Ana, al igual que Simeón, no ocupaba ninguna posición especial en el pueblo elegido y que, sin embargo, su vida tenía un gran valor a los ojos de Dios.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que con Simeón y Ana todo Israel espera el encuentro con su Salvador, y recuerda que la tradición bizantina llama a este acontecimiento precisamente el Encuentro. Benedicto XVI hizo notar que, entre la multitud que llenaba el templo, solo estos dos ancianos, guiados por el Espíritu Santo, reconocieron en el Niño al Mesías. El papa Francisco dijo que estaban llenos de vida porque los animaba el Espíritu Santo, y que la fidelidad de la espera afina los sentidos del alma.
El Evangelio no dice nada de la muerte de Simeón y de Ana. Tampoco fueron canonizados formalmente: la Iglesia los venera como santos, igual que a otros justos que presenta la Sagrada Escritura.