Santos Pablo Miki y compañeros

† 1597

Mártires, jesuitas, franciscanos y laicos crucificados en Nagasaki

Los santos Pablo Miki y compañeros son veintiséis cristianos crucificados el 5 de febrero de 1597 en la colina de Nishizaka, en Nagasaki. Había entre ellos tres jesuitas japoneses, seis franciscanos y diecisiete laicos, tres de ellos muchachos. Son los primeros mártires de Japón elevados a los altares. La Iglesia los recuerda el 6 de febrero, al día siguiente de su muerte.

El Evangelio llegó a Japón en 1549 con san Francisco Javier y, en cuarenta años, lo acogieron unas doscientas mil personas. En 1587 el gobernante del país, Toyotomi Hideyoshi, ordenó a los misioneros abandonar Japón, pero la prohibición no se aplicó con rigor. Cuando en el otoño de 1596 una tempestad arrojó un navío español a la costa japonesa, Hideyoshi empezó a sospechar que los misioneros preparaban la conquista del país, y en diciembre mandó apresar a los franciscanos, llegados de Filipinas tres años antes.

Pablo Miki procedía de una familia acomodada de los alrededores de Osaka. El año de su nacimiento no se conoce con certeza: las fuentes dan fechas que van de 1556 a 1566. Bautizado a los cinco años, se formó con los jesuitas y a los veintidós años ingresó en la Compañía de Jesús. Se hizo conocido como un predicador que sabía dialogar con los budistas. Le faltaban pocos meses para la ordenación sacerdotal cuando fue arrestado junto con Juan de Goto y Diego Kisai, que hicieron sus votos religiosos poco antes de morir.

En Kioto se cortó a cada uno de los condenados una parte de la oreja izquierda y después, en pleno invierno, fueron conducidos en una marcha de un mes hasta Nagasaki. Por el camino se añadió al grupo a dos cristianos que llevaban ayuda a los prisioneros. Entre los franciscanos estaban el español Pedro Bautista Blázquez, Felipe de Jesús, de México, y Gonzalo García, nacido en la India. Los laicos eran terciarios franciscanos; entre ellos caminaban catequistas, un padre con su hijo y tres muchachos, el menor de los cuales tenía doce años.

En una colina a las afueras de la ciudad los ataron a las cruces con cuerdas y argollas de hierro. Según un relato de la época, que la Iglesia lee ese día en la Liturgia de las Horas, los mártires cantaban salmos y repetían los nombres de Jesús y de María. Pablo Miki habló desde la cruz como desde un púlpito. Dijo que era japonés y jesuita y que moría por el Evangelio que había predicado. Aseguró que no hay otro camino de salvación que el cristiano y que, puesto que esta fe manda perdonar a los enemigos, él perdonaba al soberano y a todos los que habían querido su muerte, y les rogaba que recibieran el bautismo. Después los verdugos atravesaron a cada uno de ellos con una lanza.

La Iglesia en Japón sobrevivió en la clandestinidad a las persecuciones que siguieron: los padres transmitían la fe a sus hijos. Urbano VIII beatificó a los mártires de Nagasaki el 14 de septiembre de 1627 y Pío IX los canonizó el 8 de junio de 1862. En la colina de Nishizaka rezaron Juan Pablo II en 1981 y Francisco en 2019. Francisco dijo allí que la última palabra no pertenece a la muerte, sino a la vida.