Santos Mártires de Abitina

Mártires, fieles del África romana, testigos de la Eucaristía dominical

Los Santos Mártires de Abitina fueron cuarenta y nueve cristianos del África romana, hombres y mujeres, que en el año 304, bajo el emperador Diocleciano, fueron apresados por participar en la Eucaristía dominical, entonces prohibida. Uno de ellos pronunció ante el tribunal las palabras que la Iglesia repite hasta hoy: «Sine dominico non possumus». El Martirologio Romano los recuerda el 12 de febrero.

Abitina era una pequeña localidad del África Proconsular, en la actual Túnez. Diocleciano prohibió entonces a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas. El obispo de Abitina, Fundano, entregó los libros sagrados a los funcionarios. Sin embargo, los fieles siguieron reuniéndose en secreto en casas particulares, donde el presbítero Saturnino celebraba para ellos la Eucaristía.

Un domingo, los magistrados de la ciudad, junto con la guardia militar, los sorprendieron en la casa de Octavio Félix. Los detenidos fueron interrogados en el lugar y después enviados encadenados a Cartago, ante el procónsul Anulino. Entre ellos estaban Saturnino con sus cuatro hijos: los lectores Saturnino y Félix, María, virgen consagrada a Dios, y el pequeño Hilariano, además del senador Dativo, el lector Emérito y la virgen Victoria.

El procónsul los interrogó el 12 de febrero de 304; esta fecha la da ya san Agustín. A pesar de las torturas, todos confesaron que eran cristianos. San Juan Pablo II citó su respuesta en la carta «Dies Domini»: «Sin temor alguno hemos celebrado la cena del Señor, porque no se puede aplazar; es nuestra ley». El lector Emérito reconoció que las asambleas se habían celebrado también en su casa. Cuando le preguntaron por qué había quebrantado la orden del emperador, respondió: «Sine dominico non possumus». Benedicto XVI explicaba así estas palabras: sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir.

El hermano de Victoria, el abogado Fortunaciano, intentó salvarla. Afirmaba que Dativo la había atraído a Abitina. Ella lo negó: había venido por su propia voluntad. Según las actas, dijo: «Sí, he ido a la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiana». También el pequeño Hilariano, el hijo menor de Saturnino, confesó la fe ante el juez.

Al atardecer, el procónsul mandó llevarlos a la cárcel. No sabemos con certeza cómo murió cada uno de ellos: si de hambre o por las heridas causadas en las torturas. El Martirologio Romano dice que derramaron su sangre en diversos lugares y en distintos momentos. Las actas de su proceso nos han llegado con añadidos posteriores, que los historiadores distinguen del acta original de los interrogatorios.

Los Mártires de Abitina son venerados desde la Antigüedad, sin canonización formal. Benedicto XVI habló de ellos el 29 de mayo de 2005 en Bari, en la clausura del Congreso Eucarístico Nacional italiano, bajo el lema «Sin el domingo no podemos vivir». En la exhortación «Sacramentum caritatis» pidió que intercedan por nosotros y nos enseñen la fidelidad al encuentro con Cristo resucitado.