Santos José de Arimatea y Nicodemo

Discípulos del Señor, miembros del sanedrín, que sepultaron a Jesús

Los santos José de Arimatea y Nicodemo eran miembros del sanedrín de Jerusalén y discípulos de Jesús. Tras su muerte en la cruz bajaron su cuerpo, lo envolvieron en una sábana y lo depositaron en el sepulcro. El Martirologio Romano los recuerda juntos el 31 de agosto. Todo lo que se sabe de ellos con certeza procede de los Evangelios.

José era de Arimatea, a la que el Evangelio según san Lucas llama ciudad judía; su ubicación hoy no es segura. Los evangelistas lo describen como un hombre rico, miembro respetable del sanedrín, bueno y justo, que esperaba el reino de Dios. No había dado su consentimiento a la decisión y a la actuación del sanedrín contra Jesús. El Evangelio según san Juan añade que era discípulo de Jesús, pero en secreto, por miedo a los judíos.

Nicodemo solo es conocido por el Evangelio según san Juan. Era fariseo y uno de los jefes de los judíos. Fue a ver a Jesús de noche, y Jesús lo llamó maestro de Israel y le dijo que el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Nicodemo no lo comprendió enseguida. En la misma conversación resuenan las palabras sobre Dios, que tanto amó al mundo que entregó a su Hijo unigénito. El papa Francisco veía en ellas el núcleo de la revelación de Jesús y de su misión redentora.

Más tarde Nicodemo salió en defensa de Jesús ante los sumos sacerdotes y los fariseos que querían prenderlo. Les preguntó si la ley permite condenar a un hombre sin haberlo escuchado antes y sin saber lo que ha hecho. Como respuesta oyó la burlona pregunta de si también él era de Galilea. El Catecismo de la Iglesia Católica menciona a Nicodemo y a José de Arimatea como discípulos ocultos de Jesús entre las autoridades religiosas de Jerusalén.

Cuando Jesús hubo muerto, al atardecer del día de la Preparación, víspera del sábado, José se atrevió a ir a Pilato y pedirle su cuerpo. Pilato se extrañó de que Jesús ya hubiera muerto, se cercioró de ello por medio del centurión y entregó el cuerpo a José. Llegó también Nicodemo, con unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe. Juntos envolvieron el cuerpo en lienzos con los aromas, según la costumbre judía de sepultar. Lo pusieron en el sepulcro nuevo de José, excavado en la roca, en un huerto cercano al lugar de la crucifixión, donde nadie había sido sepultado todavía, y José hizo rodar una piedra a la entrada. Benedicto XVI, meditando en 2010 sobre esta escena ante la Sábana Santa de Turín, recordó la valentía de José.

De la vida posterior de los dos discípulos no se sabe nada cierto; se desconocen las fechas y los lugares de su muerte. El apócrifo Evangelio de Nicodemo, llamado también Hechos de Pilato, y las leyendas medievales sobre el viaje de José a la Galia y a Britania, sobre la iglesia de Glastonbury y sobre el Santo Grial no tienen valor histórico. La Iglesia venera a ambos como santos desde hace siglos. Antiguamente el Martirologio Romano recordaba a José el 17 de marzo y el hallazgo de las reliquias de Nicodemo el 3 de agosto; la edición actual los une en una memoria común.