Santos Cristóbal, Antonio y Juan de Tlaxcala

Mártires, muchachos de Tlaxcala, patronos de la juventud mexicana

Los santos Cristóbal, Antonio y Juan eran muchachos del pueblo tlaxcalteca, alumnos de los primeros franciscanos. Fueron asesinados por su fe en 1527 y 1529, cuando apenas eran adolescentes. Los historiadores de la Iglesia mexicana los consideran los primeros mártires de toda América. La Iglesia los recuerda el 23 de septiembre.

Los franciscanos llegaron a México en 1524, pocos años después de la conquista española, y abrieron en Tlaxcala una escuela para los hijos de los principales. Según los métodos misioneros de la época, destruían las estatuas de los dioses y combatían los sacrificios humanos, la poligamia y la embriaguez. Las noticias sobre los muchachos son escasas; el relato más antiguo de su muerte lo escribió en 1539 el franciscano Toribio de Benavente, llamado Motolinía.

Cristóbal nació en 1514 o 1515 en Atlihuetzía. Era el hijo predilecto y heredero de Acxotécatl, uno de los señores de Tlaxcala. Siguiendo el ejemplo de sus hermanos, empezó a asistir a la escuela de los franciscanos y pidió por propia iniciativa el bautismo. Exhortaba a su padre a dejar los ídolos y la embriaguez y, como este no lo escuchaba, rompía las estatuas de los dioses que había en la casa. Instigado por sus criados y por una de sus mujeres, el padre decidió matarlo.

En 1527, con el pretexto de una fiesta familiar, hizo volver a sus hijos a casa. Golpeó a Cristóbal con un palo, rompiéndole los brazos y las piernas, y lo arrojó al fuego. El muchacho invocaba la ayuda de Dios y de la Virgen María. Tras una noche de sufrimientos, por la mañana pidió ver a su padre, lo perdonó y murió, con unos trece años. El padre lo enterró en secreto en la casa y poco después hizo matar también a la madre del muchacho, que había intentado defenderlo. Según Motolinía, el padre fue ahorcado más tarde por sentencia de un juez español.

Antonio y Juan nacieron hacia 1516 o 1517 en Tizatlán, cerca de Tlaxcala. Antonio era nieto y heredero de un señor del lugar, y Juan, un muchacho de origen humilde, era su criado. En 1529, cuando el dominico Bernardino Minaya buscaba intérpretes para una misión en Oaxaca, ambos se ofrecieron voluntariamente. Advertidos de que podían morir, respondieron que estaban dispuestos a dar la vida por Dios, como los apóstoles Pedro, Pablo y Bartolomé.

En Tepeaca los muchachos ayudaron a los misioneros a recoger en las casas las estatuas de los dioses para destruirlas, y luego fueron solos a Cuauhtinchán. Mientras Antonio entraba en las casas y Juan esperaba en la puerta, llegaron unos vecinos con palos y mataron a Juan. Antonio salió corriendo, gritó que su compañero era inocente, porque era él quien se llevaba los ídolos, y murió de la misma manera. Según Motolinía, unos principales de la zona se habían concertado para matarlos porque destruían los ídolos; la Iglesia reconoció que fueron asesinados por odio a la fe.

Juan Pablo II los beatificó el 6 de mayo de 1990 en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en la Ciudad de México, junto con Juan Diego, y los presentó como ejemplo de que la evangelización es tarea de todo el pueblo de Dios, sin excluir a los niños. A petición de la Conferencia del Episcopado Mexicano, el papa Francisco los canonizó el 15 de octubre de 2017, sin el milagro que normalmente se requiere. Son patronos de la juventud mexicana.