Santo Domingo Savio
Laico · 1842-1857
Laico, alumno de san Juan Bosco, fundador de la Compañía de la Inmaculada
Santo Domingo Savio fue alumno de san Juan Bosco en el Oratorio de San Francisco de Sales de Turín. Muchacho alegre y aplicado, bondadoso con sus compañeros, murió antes de cumplir quince años, y la Iglesia reconoció en su corta vida una santidad madura. El Martirologio Romano lo recuerda el 9 de marzo, día de su muerte.
Nació el 2 de abril de 1842 en Riva presso Chieri, cerca de Turín, segundo de los diez hijos de Carlo Savio, herrero de condición modesta, y de Brigida Gaiato, costurera. La familia se trasladó pronto a Morialdo, cerca de Castelnuovo d'Asti, y en 1853 a la vecina Mondonio. Domingo hizo la Primera Comunión a los siete años, cosa rara en aquel tiempo, y ese día tomó cuatro propósitos: confesarse a menudo y comulgar, santificar los días de fiesta, tener por amigos a Jesús y a María, y el cuarto decía: «La morte ma non peccati», es decir, antes morir que pecar.
En el otoño de 1854 su padre llevó al muchacho de doce años ante don Bosco, que se encontraba entonces en Becchi, su caserío natal. Domingo quería estudiar y ser sacerdote. El 29 de octubre se fue a vivir al Oratorio de Valdocco, en Turín. El 8 de diciembre de ese mismo año, mientras el papa Pío IX proclamaba el dogma de la Inmaculada Concepción, se arrodilló ante el altar de la Madre de Dios y se encomendó a ella.
En la primavera de 1855, tras un sermón de don Bosco sobre la voluntad de Dios de que todos sean santos, Domingo le confió que también él quería hacerse santo. Recibió tres consejos sencillos: conservar una alegría constante y moderada, cumplir con esmero los deberes de piedad y de estudio, y no faltar al recreo con sus compañeros. Más tarde explicó a un compañero nuevo: «Noi qui facciamo consistere la santità nello star molto allegri», que significa: nosotros aquí hacemos consistir la santidad en estar muy alegres.
En 1856, junto con algunos amigos, fundó la Compañía de la Inmaculada. Sus miembros se propusieron tender juntos a la santidad, honrar a María y cuidar de sus compañeros, sobre todo de los recién llegados y de los que causaban más dificultades. Domingo enseñaba el catecismo a los de su edad y sabía reconciliar a los que habían reñido. Cuando dos muchachos se citaron para un duelo a pedradas, se puso entre ellos con un pequeño crucifijo en la mano y los llevó a hacer las paces.
Cuando enfermó gravemente, tuvo que volver con sus padres a Mondonio. Murió allí la noche del 9 de marzo de 1857, a los catorce años. A su padre, que leía junto a él las oraciones de los agonizantes, le dijo al final: «Oh, che bella cosa io vedo mai!», es decir: qué cosas tan hermosas veo. Sus restos descansan en la basílica de María Auxiliadora de Turín.
La vida del muchacho la escribió el propio don Bosco, que la publicó en 1859; hasta hoy es la fuente principal de lo que sabemos de Domingo. El papa Pío XII lo beatificó el 5 de marzo de 1950 y lo canonizó el 12 de junio de 1954. La Familia Salesiana celebra su memoria el 6 de mayo, porque el aniversario de su muerte cae en Cuaresma.