Santa María Egipciaca

Penitente de Alejandría, ermitaña más allá del Jordán, modelo de conversión

Santa María Egipciaca fue una penitente que, tras años de vida pecadora en Alejandría, se convirtió en Jerusalén y pasó el resto de sus días sola en el desierto, más allá del Jordán. En Oriente y en Occidente se la considera desde hace siglos un modelo de conversión y de confianza en la misericordia de Dios. La Iglesia la conmemora el 1 de abril.

Casi todo lo que se sabe de ella procede de la Vida atribuida a san Sofronio, obispo de Jerusalén en el siglo VII. Antes, en el siglo VI, Cirilo de Escitópolis había puesto por escrito un breve relato sobre una ermitaña llamada María. No conocemos las fechas de su vida: unos sitúan su muerte en el siglo V, otros cien años más tarde. Lo que sigue es, pues, el relato que ha transmitido la tradición.

Según la Vida, María era originaria de Egipto. A los doce años dejó a sus padres y durante diecisiete años llevó en Alejandría una vida disoluta. Un día se unió a unos peregrinos que zarpaban hacia Jerusalén para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, y no precisamente por devoción. El día de la fiesta quiso entrar con la multitud en la basílica del Santo Sepulcro, pero una fuerza invisible la detuvo varias veces en el umbral. Comprendió que eran sus propios pecados los que le cerraban el paso. Lloró y, al ver una imagen de la Madre de Dios, imploró su intercesión y prometió cambiar de vida. Entonces entró sin obstáculo y veneró el madero de la Cruz.

Después oyó una voz que le decía que hallaría la paz si cruzaba el Jordán. Aquella misma tarde llegó al río, recibió la sagrada Comunión en la iglesia de San Juan Bautista y al día siguiente se adentró en el desierto. Allí vivió sola cuarenta y siete años. Entonces la encontró Zósimo, monje y sacerdote, que según la costumbre de su monasterio pasaba la Cuaresma en el desierto. Ella le contó su vida y le pidió que, un año después, el Jueves Santo, le llevara el Cuerpo del Señor a orillas del Jordán. Zósimo cumplió su petición. La Vida cuenta que María llegó hasta él caminando sobre las aguas y que, después de la Comunión, oró con las palabras del cántico del anciano Simeón.

Cuando, un año más tarde, Zósimo volvió al desierto, encontró su cuerpo y, junto a él, unas palabras escritas en el suelo que le pedían que la enterrara. De ellas se desprendía que había muerto la misma noche en que recibió la Comunión. Según la leyenda, un león lo ayudó a cavar la tumba. María vivió mucho antes de que existiera el proceso de canonización y es venerada como santa desde tiempos antiguos. Las Iglesias de tradición bizantina la conmemoran el 1 de abril y el quinto domingo de Cuaresma. El antiguo Martirologio Romano la mencionaba el 2 de abril; el actual señala el mismo día que Oriente.