Santa Joaquina de Vedruna

Monja · 1783-1854

Madre de familia, viuda, fundadora de las Carmelitas de la Caridad

Santa Joaquina de Vedruna fue esposa y madre de nueve hijos y, ya viuda, fundó el Instituto de las Carmelitas de la Caridad, dedicado al cuidado de los enfermos y a la educación de las niñas. El Martirologio Romano la recuerda el 28 de agosto, día de su muerte.

Nació el 16 de abril de 1783 en Barcelona, en una familia noble. A los doce años quiso entrar en las carmelitas, pero no fue admitida por su edad. Su padre le destinó como esposo a Teodoro de Mas, abogado diez años mayor que ella, que a su vez había deseado la vida religiosa, pero no había podido abrazarla. Se casaron en 1799.

En un matrimonio feliz llevaba la casa y visitaba a los enfermos en los hospitales. Dio a luz nueve hijos, varios de los cuales murieron en la infancia, y les enseñó a rezar y a ser generosos con los pobres. Durante la guerra contra Napoleón su marido marchó a combatir, y ella tuvo que huir con los hijos ante las tropas. En 1816 murió Teodoro; Joaquina, gravemente enferma ella misma en aquel momento, no pudo estar a su lado en sus últimos instantes. La bula de canonización refiere que entonces oyó al Crucificado llamarla a pertenecer desde ese momento solo a él.

Ya viuda, se trasladó con sus hijos a Vic, a la finca familiar. Tomó el hábito de terciaria franciscana, vivió con sencillez y siguió sirviendo a los enfermos. Se ocupó también del futuro de sus hijos: ayudó a su hijo a encontrar una ocupación, y a sus hijas las casó o las confió a parientes y monasterios. El sacerdote Esteban Fábregas le aconsejó fundar una nueva comunidad para los enfermos y para la educación de las niñas, y el obispo de Vic le prometió su ayuda si la ponía bajo la protección de Nuestra Señora del Carmen. El 26 de febrero de 1826 Joaquina comenzó en su casa de Vic la vida común con sus primeras compañeras.

Las hermanas enseñaban a las niñas pobres y atendían a los enfermos en hospitales y casas, y en Cataluña surgieron nuevas fundaciones. En 1834, durante la guerra civil, Joaquina fue encarcelada y maltratada, y más tarde tuvo que huir con sus hermanas a Francia, donde permaneció unos tres años en Perpiñán. Con el tiempo los obispos pusieron al frente de la congregación a un director general, lo que limitó su autoridad; la bula observa que ella misma había pedido a Dios una vida escondida.

En 1849, mientras visitaba a sus hijas, monjas cistercienses en Vallbona, sufrió una hemiplejía, pero recuperó las fuerzas. En 1852 nuevos ataques de apoplejía le quitaron el uso de los miembros y el habla. Cuando estalló una epidemia de cólera, que se llevó también a varias hermanas, ofreció a Dios su vida por los demás. Murió de cólera el 28 de agosto de 1854 en un hospital público de Barcelona, pobre entre los pobres.

Pío XII la beatificó en 1940 y Juan XXIII la canonizó el 12 de abril de 1959, junto con san Carlos de Sezze; fue la primera canonización de su pontificado. En la bula de canonización el papa la propuso como modelo para las vírgenes consagradas a Dios, para las madres de familia y para las viudas.