
San Tarsicio
Mártir
Mártir, defensor de la Eucaristía, patrono de los monaguillos
San Tarsicio fue un mártir romano de los primeros siglos del cristianismo que dio su vida para impedir que la Eucaristía fuera profanada. El Martirologio Romano lo recuerda el 15 de agosto. Los monaguillos lo veneran como su patrono.
Se sabe muy poco de su vida. El único testimonio antiguo es una inscripción en verso que el papa Dámaso hizo colocar sobre su sepulcro en el siglo IV. No indica ni la edad de Tarsicio ni la fecha de su muerte. Los historiadores consideran que murió en una de las persecuciones ocurridas entre mediados del siglo III y comienzos del IV; Benedicto XVI relacionó su martirio con la persecución del emperador Valeriano.
Dámaso lo comparó con san Esteban, el primer mártir. Escribió que, mientras Tarsicio llevaba el sacramento de Cristo y una turba enfurecida intentaba entregar los santos dones a los profanos, prefirió dejarse matar antes que abandonar a los perros rabiosos los miembros celestiales. El Martirologio Romano dice que murió golpeado con piedras. Como Esteban era diácono, algunos estudiosos suponen que también Tarsicio lo era. Una leyenda posterior lo llama acólito, algo que Benedicto XVI consideró probable. Sin embargo, no se sabe si fue acólito, diácono o laico.
La imagen del muchacho que lleva la comunión a los cristianos presos y enfermos y muere a manos de jóvenes paganos procede de una tradición posterior. En el siglo XIX la difundió la novela del cardenal Nicholas Wiseman «Fabiola», publicada en 1854. Benedicto XVI recordó este relato el 4 de agosto de 2010, en la audiencia general para la peregrinación europea de monaguillos, señalando que se tienen pocas noticias de Tarsicio. Recordó también la tradición según la cual en el cuerpo del mártir no se encontró el Santísimo Sacramento: la Hostia que había defendido se había convertido en carne de su carne, formando con su cuerpo una única Hostia inmaculada ofrecida a Dios.
Tarsicio fue sepultado en las catacumbas de San Calixto, en la Vía Apia. En el siglo VII sus restos reposaban en la misma tumba que los del papa Ceferino. Según la tradición, sus reliquias fueron trasladadas después a la iglesia romana de San Silvestro in Capite. Benedicto XVI exhortó a los monaguillos a custodiar en el corazón, como Tarsicio, la amistad con Jesús y a servirlo, presente en la Eucaristía, con amor, devoción y fidelidad. Tarsicio es venerado como santo desde la Antigüedad.