San Macario el Grande
Monje
Presbítero y abad, padre del desierto, fundador de la colonia monástica de Escete
San Macario el Grande, llamado también el Egipcio, fue presbítero y abad, uno de los padres del desierto del siglo IV. Dio origen a la colonia de monjes del desierto de Escete, en Egipto, y se le recuerda como un hombre humilde y manso ante las debilidades ajenas. La Iglesia lo recuerda el 19 de enero.
Nació hacia el año 300 en Egipto; no se conoce la fecha exacta. Los Apotegmas, la colección de dichos de los padres del desierto, han conservado la noticia de que en su juventud era camellero y transportaba natrón. Él mismo contaba que, cuando ya vivía en soledad junto a una aldea, una muchacha lo señaló falsamente como padre de su hijo. Soportó los golpes y la deshonra sin una palabra en su defensa, e incluso trabajó más para mantenerla. Cuando la verdad salió a la luz y los vecinos quisieron pedirle perdón, se marchó al desierto.
Se estableció en Escete, el actual Wadi Natrun, cuando tenía unos treinta años. Paladio, autor de relatos sobre los monjes de Egipto, refiere que por su don de discernimiento lo llamaban el joven anciano y que a los cuarenta años fue ordenado sacerdote. Macario visitaba a san Antonio Abad. Con el tiempo se reunieron en torno a él muchos discípulos.
Enseñaba con pocas palabras. Preguntado sobre cómo se debe orar, respondió que no hacen falta muchas palabras: basta extender las manos y decir «Señor, como quieres y como sabes, ten piedad», y cuando la lucha se hace más dura, «Señor, ayúdame». A un hermano que le pedía una palabra le mandó ir al cementerio, primero a insultar a los muertos y luego a alabarlos, y le explicó que, como ellos, el monje no debe hacer caso ni de los insultos ni de las alabanzas.
Lo que más se recordó de él fue su mansedumbre. Se decía que había llegado a ser como un dios en la tierra, porque así como Dios protege al mundo, él cubría las faltas ajenas: las veía como si no las viera y oía hablar de ellas como si no oyera. Uno de los relatos pone en boca del demonio la confesión de que no puede vencer a Macario a causa de su humildad.
Tras la muerte de san Atanasio en el 373, el obispo arriano Lucio se hizo con el control de la Iglesia de Alejandría. Por orden suya Macario fue desterrado, junto con su homónimo san Macario de Alejandría, a una isla del Nilo. Como escribe el historiador Sócrates Escolástico, los monjes ganaron allí para la fe a los habitantes paganos. Más tarde se les permitió regresar. Macario murió en Escete hacia el 390; Paladio refiere que vivió hasta los noventa años.
Es venerado como santo desde la Antigüedad, sin canonización formal, en Occidente y en las Iglesias de Oriente. El monasterio de Wadi Natrun que lleva su nombre existe todavía hoy. En El Cairo, en el año 2000, Juan Pablo II lo nombró junto a Antonio y Pacomio entre los fundadores del monacato cristiano. Las homilías espirituales que durante siglos se le atribuyeron probablemente no son, a juicio de los estudiosos, obra suya. El Martirologio Romano, que ese mismo día recuerda también a san Macario de Alejandría, dice de Macario el Grande que, muerto al mundo y a sí mismo, vivía solo para Dios y enseñaba lo mismo a sus discípulos.