San Justino Mártir
Mártir
Mártir, filósofo y apologista, maestro de la fe en Roma
San Justino fue un filósofo que, tras años de búsqueda, encontró la verdad en Cristo, defendió la fe con sus escritos y dio la vida por ella en Roma. Benedicto XVI lo llamó el más importante de los apologistas del siglo II, los escritores que defendían el cristianismo de las acusaciones y exponían la fe en un lenguaje comprensible para los hombres de su tiempo. La Iglesia lo recuerda el 1 de junio.
Nació hacia el año 100 en Flavia Neápolis, la actual Nablus, en Samaria, cerca de la antigua Siquem. Durante mucho tiempo buscó la verdad sobre Dios en las escuelas de la filosofía griega. En el Diálogo con Trifón cuenta que acudió sucesivamente a un estoico, a un peripatético y a un pitagórico, hasta que finalmente lo cautivó la enseñanza de Platón. El cambio decisivo llegó con el encuentro con un misterioso anciano a orillas del mar. El anciano le mostró que el hombre no puede saciar con sus propias fuerzas el anhelo de Dios y lo remitió a los profetas. Al despedirse, lo exhortó a orar para que se le abrieran las puertas de la luz.
En la Segunda Apología Justino recuerda también que lo conmovió el valor de los cristianos, que no temían la muerte. Abrazó la fe y escribió después que solo esta filosofía le había parecido segura y provechosa. Se estableció en Roma y fundó allí una escuela, en la que introducía gratuitamente a los alumnos en el cristianismo como la verdadera filosofía. Enseñaba que Cristo es el Verbo eterno, el Logos, y que todo hombre lleva en sí una semilla del Verbo, gracias a la cual puede conocer la verdad. El Verbo habló a los hebreos por medio de los profetas y en parte, como semillas de verdad, también en la filosofía griega.
Se conservan tres de sus obras: dos Apologías y el Diálogo con Trifón, relato de una conversación con un judío de ese nombre. Dirigió la Primera Apología hacia el año 155 al emperador Antonino Pío. En ella describió el bautismo y la asamblea dominical de los cristianos. Es la descripción más antigua de la Eucaristía en su estructura esencial: el día llamado del sol, los fieles de las ciudades y de los campos se reúnen, se leen los escritos de los apóstoles y de los profetas, el que preside instruye a los presentes y, después de las oraciones, da gracias sobre el pan y el vino. Justino subrayaba que no se trata de pan común ni de bebida común, sino del Cuerpo y la Sangre de Jesús.
Estuvo en Roma dos veces. Durante su segunda estancia fue denunciado y llevado ante el prefecto Rústico. Según las actas de su martirio, consideradas fiables, declaró que había conocido muchas doctrinas, pero que había aceptado la verdadera enseñanza de los cristianos. Como se negó a ofrecer sacrificios a los dioses, fue condenado a ser azotado y decapitado. Murió hacia el año 165, bajo el emperador Marco Aurelio, junto con seis de sus discípulos, a quienes el Martirologio Romano recuerda el mismo día.
Como los demás mártires de los primeros siglos, es venerado desde la antigüedad, sin una canonización formal. En la colecta de su memoria la Iglesia confiesa que Dios, por la locura de la cruz, le concedió el sublime conocimiento de Jesucristo. También los ortodoxos lo recuerdan el 1 de junio.