San Josué

Siervo del Señor, sucesor de Moisés, guía de Israel

San Josué, hijo de Nun, siervo y sucesor de Moisés, introdujo al pueblo de Israel en la Tierra Prometida. El Martirologio Romano lo conmemora el 1 de septiembre y lo llama siervo del Señor, que fue lleno del espíritu de sabiduría después de que Moisés le impusiera las manos. La Escritura no indica las fechas de su vida.

Pertenecía a la tribu de Efraín y al principio se llamaba Oseas; Moisés le dio el nombre de Josué. Ese nombre significa «el Señor es salvación» y en griego es idéntico al nombre de Jesús. Durante la marcha por el desierto, Josué dirigió a los israelitas en la batalla contra los amalecitas, mientras Moisés permanecía en la colina con las manos alzadas. Como servidor de Moisés lo acompañó en la subida al monte Sinaí y no se apartaba de la Tienda del Encuentro.

Moisés lo envió con los demás exploradores a la tierra de Canaán. La mayoría de ellos desanimó al pueblo, pero Josué y Caleb aseguraron que la tierra era muy buena y que el Señor la daría, con tal de que el pueblo no se rebelara contra él. Dios anunció entonces que de aquella generación solo ellos dos entrarían en la tierra de Canaán. Cuando se acercaba la muerte de Moisés, Dios designó a Josué como su sucesor, para que el pueblo no fuera como ovejas sin pastor, y Moisés le impuso las manos ante el sacerdote Eleazar y toda la comunidad.

Tras la muerte de Moisés, el Señor llamó a Josué a ser fuerte y valiente y le prometió estar con él como había estado con Moisés. Cuando los sacerdotes que llevaban el Arca de la Alianza entraron en el Jordán, las aguas del río se detuvieron y el pueblo pasó a pie enjuto. El Catecismo ve en este paso una prefiguración del Bautismo. Según el libro, las murallas de Jericó cayeron después de rodear la ciudad con el Arca durante siete días, y la Carta a los Hebreos lo atribuye a la fe.

El libro de Josué narra después las guerras en Canaán y el reparto de la tierra entre las tribus. En 2001 la Pontificia Comisión Bíblica recordó que los relatos del anatema, es decir, del exterminio total de los vencidos, se escribieron cuando este ya era solo un postulado teórico. Al leerlos hay que tener presentes tanto la llamada a la fidelidad al único Dios como la tentación humana de mezclar la religión con la violencia.

Hacia el final de su vida, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén y las invitó a elegir a quién querían servir. De sí mismo dijo: «Yo y mi casa serviremos al Señor». El pueblo renovó la alianza, y Josué escribió sus palabras y levantó una gran piedra como testimonio. Murió a la edad de ciento diez años y fue sepultado en su heredad, en Timnat Séraj, en la montaña de Efraín. La Escritura añade que Israel sirvió al Señor durante toda la vida de Josué.

El libro del Eclesiástico lo alaba como sucesor de Moisés en el oficio profético, que, conforme a su nombre, fue grande para la salvación de los elegidos. Los Padres de la Iglesia, entre ellos Orígenes en sus homilías sobre el libro de Josué, vieron en él una prefiguración de Jesús, que conduce a su pueblo a la verdadera tierra prometida. Josué nunca fue canonizado formalmente. La Iglesia lo venera como santo, al igual que a los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento.