
San José de Cupertino
Sacerdote · 1603-1663
Presbítero, franciscano conventual
Giuseppe Maria Desa nació el 17 de junio de 1603 en Cupertino, Italia. A los 7 años fue curado de forma extraordinaria de una grave enfermedad que había contraído siendo niño, tras ser ungido con aceite de la lámpara del santuario de Nuestra Señora de las Gracias de Galatone.
Desde el principio la vida no le ahorró dificultades. Nació y creció en una familia pobre, tenía una salud débil, desde el inicio de su educación tuvo enormes problemas para aprender y a duras penas logró dominar la lectura y la escritura. Lo odiaba incluso su propia madre. Además, era extraordinariamente torpe y por ello sus compañeros se burlaban a menudo de él. Rompía todo lo que tomaba en sus manos. No era capaz de realizar las tareas domésticas más sencillas. Incluso mantener una conversación normal le resultaba difícil.
Sin embargo, ya desde muy pequeño se distinguía por una rica vida espiritual. Todavía en la época escolar le ocurría caer en profundos arrebatos espirituales, durante los cuales se quedaba pasmado «con la boca abierta», como decían sus allegados. A diferencia de sus compañeros, en lugar de jugar a la pelota prefería pasar el tiempo en oración.
A los 17 años deseó ingresar en un convento. Sin embargo, también este camino resultó difícil. Primero se dirigió a los franciscanos. Le negaron, sin embargo, la admisión por su falta de formación. Lo admitieron los capuchinos para formarse como hermano lego. Pero a los ocho meses fue expulsado del convento, porque se consideró que no servía ni para la vida espiritual ni siquiera para servir a los demás hermanos. Por su torpeza rompía los platos al lavarlos, no era capaz de llevar agua de un sitio a otro sin derramarla y no se las arreglaba con ninguna de las tareas cotidianas.
Sin desanimarse por el fracaso, volvió a dirigirse a los franciscanos. Esta vez lo recibieron de buen grado, porque necesitaban a alguien que cuidara de los animales. José se adaptó pronto a sus nuevas tareas. El trabajo con los animales le daba mucha alegría. En esa época empezó a llamarse a sí mismo «hermano asno». El apelativo le iba perfectamente, entre otras cosas por su aspecto corriente, su andar lento, su cabeza a menudo gacha, su paciencia, su sencillez, su bondad y su obediencia ciega. Además, estaba continuamente sumido en ensimismamientos sobrenaturales, lo que, unido a su torpeza, hacía que se le tuviera todavía más por un inútil.
José, sin embargo, deseaba ser algo más que un simple hermano. Empezó a hacer gestiones para llegar a ser sacerdote. Al parecer, no sabía explicar ningún pasaje del Evangelio excepto aquel que contenía las palabras: «Bienaventurado el vientre que te llevó», y precisamente esas palabras le tocaron para comentar en el examen de ingreso a los estudios de teología. Su respuesta entusiasmó al tribunal y José fue admitido. Los estudios de teología le resultaron enormemente difíciles. Aun así, logró aprobar todos los exámenes de manera milagrosa y el 4 de marzo de 1628 fue ordenado sacerdote.
En 1630 experimentó por primera vez un arrebato extático acompañado de levitación. A partir de entonces las levitaciones se produjeron a diario: al celebrar la santa misa, al oír el sonido de las campanillas o el nombre de Jesús o de María. Entraba entonces en éxtasis, lanzaba un grito (nunca era un grito aterrador) y a continuación se elevaba sobre el suelo, incluso varios metros. Si se encontraba al aire libre, a veces llegaba a posarse en la copa de los árboles. Poseía además el don de la bilocación y percibía distintos olores según el estado espiritual en que se encontraba su interlocutor.
El papa Urbano VIII fue testigo de una levitación. Tras salir a la luz los casos de levitación en público, la Inquisición de Nápoles llevó a cabo una investigación de tres años que terminó con su absolución. El Santo Oficio se interesó por el asunto en repetidas ocasiones. Para no provocar sensación, se recomendó trasladar a José al Sacro Convento de Asís.
Murió el 18 de septiembre de 1663. Fue beatificado el 24 de febrero de 1753 por el papa Benedicto XIV y canonizado el 16 de julio de 1767 por Clemente XIII.
El santo es patrono de los aviadores, de los astronautas, de quienes viajan en avión, de los pilotos de las fuerzas de la OTAN y de los estudiantes que se presentan a exámenes o pruebas, especialmente de los que tienen dificultades para aprender.