San Isaías

Profeta, heraldo de la santidad de Dios, anunciador del Emmanuel

San Isaías fue profeta en Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo. El Martirologio Romano, que lo conmemora el 9 de mayo, dice que fue enviado para revelar al pueblo infiel y pecador al Señor fiel y salvador, cumpliendo la promesa que Dios había jurado a David.

Conocemos su vida por la Sagrada Escritura, sobre todo por el libro que lleva su nombre y por el Segundo Libro de los Reyes. Era hijo de Amós y ejerció su ministerio durante el reinado de cuatro reyes de Judá: Ozías, Jotán, Acaz y Ezequías. El libro llama a su esposa profetisa y menciona a dos de sus hijos con nombres simbólicos. No se conocen las fechas de su nacimiento ni de su muerte.

El libro narra su vocación el año de la muerte del rey Ozías. En el templo vio al Señor sobre un trono alto y excelso y a los serafines que proclamaban: «Santo, santo, santo es el Señor del universo». Sobrecogido, confesó que era un hombre de labios impuros. Un serafín le tocó la boca con una brasa tomada del altar y, cuando el Señor preguntó a quién enviaría, Isaías respondió: «Aquí estoy, mándame». Como decía Juan Pablo II, la Iglesia repite cada día el clamor de los serafines en la liturgia eucarística.

Bajo el rey Acaz, cuando los soberanos de Aram y de Israel amenazaban Jerusalén, Isaías lo exhortó a mantener la calma y a confiar en Dios. El rey no quiso pedir una señal, y entonces el profeta anunció que el Señor mismo la daría: nacería un hijo que se llamaría Emmanuel. El evangelista Mateo, que explica este nombre como Dios con nosotros, ve estas palabras cumplidas en el nacimiento de Jesús. El Catecismo llama a esta parte del libro el Libro del Emmanuel y descubre en ella, sobre todo en el anuncio del renuevo que brotará del tronco de Jesé y sobre el que reposará el Espíritu del Señor, los primeros rasgos del Mesías esperado.

Bajo Ezequías, los ejércitos del rey asirio Senaquerib llegaron ante Jerusalén. El rey pidió a Isaías que orara por el resto que quedaba, y el profeta anunció que el asirio no entraría en la ciudad. Así sucedió: Senaquerib regresó a Nínive. Cuando Ezequías enfermó de muerte, Isaías le anunció que moriría, pero después de la oración y las lágrimas del rey le llevó la promesa de quince años más de vida.

Juan Pablo II recordaba que el libro que lleva el nombre de Isaías contiene también las voces de otros profetas, discípulos y sucesores suyos. En sus capítulos posteriores se encuentran los cantos del Siervo del Señor, que según el Catecismo anuncian el sentido de la pasión de Jesús. En la sinagoga de Nazaret, Jesús leyó el rollo de este profeta y dijo que aquellas palabras se habían cumplido ese día. Felipe, partiendo de las palabras sobre el Siervo llevado como oveja al matadero, anunció a Jesús a un alto funcionario de la reina de los etíopes. San Juan escribe que Isaías vio la gloria de Cristo y habló de él.

La Escritura guarda silencio sobre su muerte. El Martirologio refiere, según la tradición, que sufrió el martirio bajo el rey Manasés y, según san Justino, que escribía en el siglo II, fue aserrado. Isaías nunca fue canonizado formalmente. La Iglesia lo venera como santo, al igual que a los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento.