
San Ignacio de Laconi
Fraile · 1701-1781
Religioso, hermano capuchino, limosnero en Cagliari
San Ignacio de Laconi fue un capuchino sardo, hermano lego, que durante casi cuarenta años pidió limosna por las calles de Cagliari para su convento y para los pobres. La Iglesia lo recuerda el 11 de mayo.
Nació el 17 de diciembre de 1701 en Laconi, en Cerdeña, segundo de los nueve hijos de unos campesinos pobres y piadosos. En el bautismo recibió los nombres de Francesco Ignazio Vincenzo, y hasta su ingreso en la vida religiosa lo llamaban Vincenzo. Nunca fue a la escuela y nunca aprendió a leer ni a escribir. Desde niño iba a misa todos los días, y de joven trabajaba con su padre y sus hermanos en el campo y con los rebaños.
En su juventud enfermó gravemente e hizo voto a Dios de ingresar en los capuchinos si sanaba, pero después no cumplió su palabra. La bula de canonización cuenta que se acordó de su voto cuando su caballo se desbocó y lo arrastró hacia un precipicio; entonces renovó el voto y el animal se calmó de repente. El 3 de noviembre de 1721 Vincenzo fue con su padre a Cagliari. El provincial dudaba en admitir a un candidato de salud tan frágil, pero aceptó tras la intercesión del marqués de Laconi. El joven recibió el hábito y el nombre de Ignacio, y el 10 de noviembre de 1722 hizo los votos religiosos como hermano lego.
Después del noviciado fue enviado al convento de Iglesias, donde se encargaba de la despensa y pedía limosna entre los campesinos. Durante quince años vivió en diversos conventos de Cerdeña, y luego en Cagliari trabajó en el taller de tejido del convento, aunque no tenía habilidad para ello. En 1741 los superiores le confiaron la colecta de limosnas en la ciudad.
Desde entonces iba cada día de puerta en puerta con su alforja. Mientras pedía pan para los frailes y para los pobres, hablaba de Dios a la gente, reconciliaba a los enemistados y exhortaba a los pecadores a la conversión. Enseñaba a los niños las verdades de la fe, visitaba a los enfermos y, aunque él mismo vivía de limosna, socorría a los necesitados. A veces pasaba noches enteras en oración en la iglesia. Ya en vida se le atribuían numerosos milagros. Según la tradición, un comerciante que se había enriquecido a costa de los pobres se quejó al guardián de que fray Ignacio pasaba de largo ante su casa. Cuando, por orden del superior, Ignacio aceptó sus donativos, de la alforja empezó a manar sangre. Preguntado por la razón, respondió: «Padre, es sangre de los pobres».
En los últimos años de su vida perdió la vista y ya no pudo pedir limosna, pero no quiso trasladarse a la enfermería y guardó hasta el final el orden de la vida común. Murió en el convento de los capuchinos de Cagliari el 11 de mayo de 1781, en su octogésimo año de vida. A su funeral acudieron personas de toda condición.
El papa Pío XII proclamó beato a fray Ignacio el 16 de junio de 1940 y el 21 de octubre de 1951, en la basílica de San Pedro, lo canonizó junto con Antonio María Gianelli y Francisco Javier María Bianchi. En la fórmula de canonización estableció que la memoria del santo se celebrara el 11 de mayo, día de su nacimiento para el cielo.