San Gregorio Barbarigo
Obispo · 1625-1697
Obispo de Bérgamo y de Padua, cardenal, renovador del seminario de Padua
San Gregorio Barbarigo fue obispo de Bérgamo y después de Padua, y cardenal. Fue uno de los pastores que en el siglo XVII pusieron en práctica los decretos del Concilio de Trento, y tomó como modelo a san Carlos Borromeo. La Iglesia lo recuerda el 18 de junio, día de su muerte.
Nació el 16 de septiembre de 1625 en Venecia, en una familia patricia. Durante una epidemia de peste pasó la infancia fuera de la ciudad con su madre y sus hermanos, y tras la muerte de su madre volvió a Venecia, donde lo instruyó su padre. A los dieciocho años partió con el embajador veneciano Alvise Contarini hacia Münster, donde se preparaba la paz de Westfalia. Allí trabó amistad con el enviado de la Santa Sede, Fabio Chigi, futuro papa Alejandro VII.
De regreso en Venecia en 1648, pensaba en la vida religiosa, pero por consejo de Chigi obtuvo el doctorado en derecho en Padua y en 1655 fue ordenado sacerdote en Venecia. Alejandro VII lo llamó a Roma y le confió cargos en la Curia. Cuando en 1656 la peste azotó el Trastévere, el papa le encomendó el cuidado de los enfermos. Barbarigo organizó la ayuda y él mismo iba de casa en casa, sin preocuparse por su propia seguridad.
En 1657 Alejandro VII lo nombró obispo de Bérgamo. En una carta a su diócesis Barbarigo escribió que la mitra del obispo está tejida más de espinas que de piedras preciosas. Siguiendo las huellas de san Carlos Borromeo, visitó las parroquias, cuidó del seminario y convocó un sínodo. En 1660 fue creado cardenal y en 1664 el papa lo trasladó a Padua.
Gobernó la diócesis de Padua durante treinta y tres años. Dedicó sus mayores energías al seminario, al que llamaba «corazón de su corazón»: le dio un nuevo plan de estudios, una rica biblioteca y una imprenta provista también de tipos para las lenguas orientales. Muchas veces, a menudo a pie, visitó todas las parroquias. Procuró que los niños aprendieran el catecismo en su propia lengua, fundó escuelas y socorrió a los pobres con tal generosidad que a veces él mismo carecía de lo necesario. Inocencio XI, que apreciaba sus consejos, lo retuvo en Roma durante varios años.
Deseaba la unidad de los cristianos de Oriente con la Iglesia de Roma, y por eso introdujo en el seminario el estudio de las lenguas orientales, para que los futuros sacerdotes pudieran llevar a Constantinopla el mensaje de la unidad y de la paz. Solía decir que le costaba entender cómo un sacerdote que celebra la santa misa podía no ser santo. Murió en Padua la mañana del 18 de junio de 1697, después de recibir el viático y la unción. Su cuerpo descansa en la catedral de Padua.
Clemente XIII reconoció sus virtudes heroicas en 1759 y lo proclamó beato en 1761. Juan XXIII, que lo veneraba desde sus años en el seminario de Bérgamo, lo proclamó santo el 26 de mayo de 1960, solemnidad de la Ascensión, en la basílica de Letrán, y extendió su culto a toda la Iglesia. Deseó que los seminaristas tuvieran en él un patrono especial.