San Francisco Solano

Sacerdote · 1549-1610

Presbítero, franciscano, misionero en América del Sur

San Francisco Solano fue un franciscano y sacerdote español, misionero en América del Sur. El Martirologio Romano lo recuerda el 14 de julio, día de su muerte en Lima, y dice que con la predicación y los milagros enseñó la vida cristiana a los pueblos indígenas y a los mismos colonos españoles.

Nació el 10 de marzo de 1549 en Montilla, en Andalucía, en una familia acomodada y piadosa. Estudió en la escuela de los jesuitas de su ciudad natal y a los veinte años ingresó en los Frailes Menores de la Observancia. Tras su ordenación sacerdotal fue, entre otros cargos, maestro de novicios en Córdoba, guardián del convento de Granada y apreciado predicador.

Cuando la peste azotó Andalucía, atendió a los enfermos, se contagió y sanó. Para huir de su creciente fama, pidió ser enviado a África, donde deseaba anunciar el Evangelio aun a costa del martirio, pero sus superiores lo destinaron a América. En 1589 zarpó de España y, en el viaje de Panamá al Perú, su barco naufragó junto a la isla Gorgona. Según sus biógrafos, cuando una parte de los náufragos se alejó en el único bote, Francisco se quedó con los esclavos africanos, a quienes no quiso abandonar, y los bautizó.

En noviembre de 1590 llegó al Tucumán, en el actual noroeste argentino. Durante unos ocho años fue allí misionero en los pueblos indígenas y después custodio de los franciscanos de la región. Aprendía con rapidez las lenguas locales. La bula de canonización relata que un Jueves Santo, cuando miles de paganos querían atacar a los cristianos, les habló en una sola lengua y lo entendieron hombres de idiomas distintos; según la bula, más de nueve mil de ellos abrazaron la fe. Se valía con gusto de la música: tocaba el rabel, un sencillo instrumento de arco, y en las pinturas se le representa a menudo con un violín.

Sus superiores lo llamaron después a Lima, donde fue guardián del convento de Santa María de los Ángeles, y luego dirigió durante tres años el convento de Trujillo. De regreso en Lima, el 21 de diciembre de 1604 predicó en la plaza mayor de la ciudad un sermón que llamaba a la penitencia; conmovidos, los habitantes pasaron la noche en oración en las iglesias. La Inquisición examinó sus palabras y no encontró en ellas nada contrario a la fe.

Desde 1605 estuvo gravemente enfermo. Murió el 14 de julio de 1610 en el convento franciscano de Lima. La bula de canonización señala que falleció el día en que entonces se celebraba la fiesta de san Buenaventura, a quien desde hacía tiempo se había encomendado. Los habitantes de Lima acudieron en masa a venerar su cuerpo. Por los numerosos milagros que se le atribuían, fue llamado el taumaturgo del Nuevo Mundo.

El papa Clemente X lo beatificó en 1675 y Benedicto XIII lo canonizó el 27 de diciembre de 1726 en la basílica de San Pedro. Juan Pablo II, al visitar Salta, en Argentina, en 1987, recordó su vida sencilla y alegre, llena de amor por los indígenas de aquellas tierras.