San Conrado de Parzham

Fraile · 1818-1894

Religioso, hermano capuchino, portero del convento de Altötting

San Conrado de Parzham fue un capuchino bávaro, hermano lego, que durante más de cuarenta años desempeñó el servicio de portero en el convento de Santa Ana, junto al santuario mariano de Altötting. Nunca despidió a un pobre de la puerta sin una ayuda y una buena palabra. La Iglesia lo recuerda el 21 de abril.

Nació el 22 de diciembre de 1818 en una granja de Parzham, en la parroquia de Weng, diócesis de Passau. Se llamaba Johann Birndorfer. Sus padres eran labradores acomodados y piadosos, y él creció entre numerosos hermanos. Tras un breve paso por la escuela del pueblo trabajó la tierra con sus hermanos. A los catorce años perdió a su madre, y dos años después a su padre. Ya entonces rezaba mucho: de madrugada caminaba hasta una iglesia lejana, y no soltaba el rosario ni siquiera durante el trabajo en el campo.

Deseaba ser sacerdote en una orden religiosa, pero los estudios que a los diecinueve años intentó emprender con los benedictinos de Metten terminaron en fracaso. En 1841 hizo la profesión en la Tercera Orden de san Francisco. Por consejo de su confesor pidió después a los capuchinos que lo recibieran como hermano. Renunció a la herencia paterna y entregó su parte de los bienes a los pobres y a obras piadosas. En septiembre de 1849, a los treinta años, fue recibido en el convento de Santa Ana de Altötting.

Hizo el noviciado en Laufen, a orillas del río Salzach: el 17 de septiembre de 1851 recibió el hábito y el nombre de Conrado, y el 4 de octubre de 1852 hizo los votos religiosos. Poco después los superiores lo llamaron de nuevo a Altötting y le confiaron la portería. No era un servicio fácil. Al santuario de la Madre de Dios llegaban cada año cientos de miles de peregrinos, y muchos de ellos llamaban al convento en busca de ayuda.

El hermano Conrado permaneció en la portería hasta su muerte. Abría a peregrinos, niños, obreros pobres y mendigos, daba de comer a los hambrientos y junto con el pan ofrecía una palabra de aliento. Hablaba poco, era alegre y paciente, también con los importunos. Antes del amanecer ya rezaba en la iglesia y ayudaba a misa, y a medianoche se levantaba con los frailes para la oración. En los ratos libres se retiraba a una celda estrecha bajo la escalera, desde la que veía el sagrario por una abertura en el muro. Solía decir que su libro era la cruz: una sola mirada a la cruz le enseñaba la humildad y la paciencia.

En abril de 1894, agotado por la edad y el trabajo, confesó al guardián que ya no podía más y se acostó. Recibió los sacramentos. Todavía el día de su muerte, al oír la campanilla de la puerta, se levantó de golpe para abrir y cayó. Murió en Altötting el 21 de abril de 1894, a los 75 años.

El papa Pío XI proclamó beato al hermano Conrado el 15 de junio de 1930, y el 20 de mayo de 1934, solemnidad de Pentecostés, lo canonizó en la Basílica de San Pedro. Las reliquias del santo descansan en Altötting, en la antigua iglesia de Santa Ana, que hoy lleva su nombre. Allí recordaron al humilde portero, durante sus peregrinaciones, Juan Pablo II en 1980 y Benedicto XVI en 2006.