San Antonio Abad

Ermitaño · † 356

Abad, ermitaño en Egipto, padre de los monjes

San Antonio Abad, llamado también Antonio el Grande o Antonio el Ermitaño, vivió en Egipto en los siglos III y IV. De joven repartió sus bienes entre los pobres y se retiró al desierto. Tuvo tantos discípulos que se le llamó padre de los monjes. La Iglesia lo recuerda el 17 de enero.

Casi todo lo que sabemos de él procede de la Vida que escribió poco después de su muerte san Atanasio, obispo de Alejandría. Antonio nació hacia el año 250; como lugar de nacimiento se señala la aldea de Coma, en el Egipto Medio. Sus padres, cristianos acomodados, murieron cuando él tenía dieciocho o veinte años y dejaron a su cuidado a una hermana menor.

Menos de seis meses después escuchó en la iglesia el Evangelio del joven rico, a quien Jesús aconseja venderlo todo y darlo a los pobres (Mt 19,21). Acogió esas palabras como dirigidas a él. Entregó sus tierras a los habitantes de la aldea, vendió el resto de sus bienes y lo repartió entre los necesitados, y confió a su hermana a una comunidad de vírgenes. Él mismo se estableció en las afueras de la aldea y aprendió la vida ascética de ermitaños de más edad. Trabajaba con sus propias manos, oraba sin cesar y escuchaba la Sagrada Escritura con tanta atención que la memoria le servía de libros.

Buscando una soledad mayor, se fue a vivir a un sepulcro apartado de la aldea y, hacia los treinta y cinco años, se encerró durante casi veinte años en un fortín abandonado del desierto, al otro lado del Nilo. Atanasio describe las tentaciones y los combates espirituales que entonces sostuvo. Cuando sus amigos acabaron por derribar la puerta, salió sano y sereno. Muchos decidieron imitarlo, y en los montes y en el desierto surgieron las celdas de los monjes, para quienes fue un padre espiritual.

Hacia el año 311, cuando en Egipto duraba todavía la persecución iniciada bajo el emperador Diocleciano, acudió a Alejandría. Servía a los confesores de la fe en las minas y en las cárceles y daba ánimo a los que eran llevados a la muerte. Después se retiró a lo más hondo del desierto, hacia un monte no lejos del mar Rojo, donde todavía hoy se levanta el monasterio que lleva su nombre.

Según Atanasio no había recibido instrucción escolar, y sin embargo acudían a pedirle consejo monjes, enfermos y filósofos, y el emperador Constantino y sus hijos le escribían cartas. Cuando los arrianos difundieron que él compartía sus ideas, bajó del monte a Alejandría, llamado por los obispos, y apoyó a san Atanasio, confesando públicamente que el Hijo de Dios no es una criatura, sino el Verbo eterno del Padre.

Según la Vida murió a los ciento cinco años; como año de su muerte se acepta el 356. Encargó a dos discípulos que lo enterraran en un lugar desconocido para todos y legó sus mantos de piel de oveja a los obispos Atanasio y Serapión. La Vida, pronto traducida al latín, difundió el ideal de la vida monástica por Oriente y Occidente; san Agustín cuenta en las Confesiones cómo la lectura de este libro cambió la vida de dos funcionarios imperiales. Antonio es venerado como santo desde la antigüedad. El día de su memoria se bendice a los animales domésticos.