San Anselmo de Canterbury

Obispo · † 1109

Obispo de Canterbury y doctor de la Iglesia, abad de Bec, autor del Proslogion

San Anselmo de Canterbury, llamado también Anselmo de Aosta, fue benedictino, abad del monasterio de Bec, en Normandía, arzobispo de Canterbury y doctor de la Iglesia. Unió la oración a la búsqueda de comprender las verdades de la fe y, como obispo, defendió la libertad de la Iglesia, lo que pagó dos veces con el destierro. La Iglesia lo recuerda el 21 de abril, día de su muerte.

Nació en Aosta, en una familia noble, en 1033 o a comienzos de 1034. Debió su primera educación religiosa a su madre. Su biógrafo, el monje Eadmero, dejó escrito que, de niño, Anselmo imaginaba que Dios vivía en las cumbres nevadas de los Alpes y que soñó que Dios lo acogía allí y le ofrecía un pan blanquísimo. A los quince años quiso entrar en un monasterio, pero su padre se opuso. Tras la muerte de su madre dejó su casa y durante tres años anduvo errante por Francia.

En Normandía llegó a la abadía de Bec, atraído por la fama de su prior, Lanfranco de Pavía. En 1060, a los veintisiete años, se hizo monje allí y después fue ordenado sacerdote. En 1063 se le confiaron el cargo de prior y la escuela del monasterio y, tras la muerte de Herluino, fundador de la abadía, los monjes lo eligieron abad por unanimidad. Educaba con la persuasión, no con la coacción: comparaba a los jóvenes con plantas que crecen mejor cuando gozan de una sana libertad.

En Bec escribió el Monologion y el Proslogion. A la segunda de estas obras le dio en un principio el título «La fe que busca entender», y estas palabras describen su camino: no quería entender para creer, sino que creía para entender. En ella llamó a Dios Aquel mayor que el cual nada puede pensarse. Se le considera el padre de la teología escolástica, y la tradición le ha dado el título de Doctor Magnífico.

Tras la muerte de Lanfranco, que había llegado a ser arzobispo de Canterbury, el rey Guillermo el Rojo impidió durante cuatro años que se proveyera la sede. En 1093 Anselmo fue hecho arzobispo, aunque se resistió a esa dignidad. Desde entonces tuvo que luchar por la independencia de la Iglesia frente al poder real. En 1097 partió hacia Roma y el rey no le permitió regresar. En el destierro terminó la obra «Cur Deus homo», sobre por qué Dios se hizo hombre, y en 1098, en el concilio de Bari, convocado por el papa Urbano II, expuso ante los griegos la doctrina sobre la procesión del Espíritu Santo.

Regresó a Inglaterra en 1100, llamado por el nuevo rey Enrique I. Pronto entró en conflicto también con él por la investidura, es decir, por la cuestión de si el soberano puede conferir los cargos eclesiásticos, y en 1103 se halló de nuevo en el destierro. Volvió en 1106, cuando el rey renunció a ese derecho. Dedicó sus últimos años a la formación del clero y al trabajo teológico. Murió el 21 de abril de 1109 y fue sepultado en la catedral de Canterbury.

Ya en la Edad Media fue venerado como santo. En 1720 el papa Clemente XI lo proclamó doctor de la Iglesia. En 2009, en el noveno centenario de la muerte del santo, Benedicto XVI recordó que en su vida se unían la oración, el estudio y el gobierno.