San Ananías de Damasco

Laico

Discípulo del Señor en Damasco, bautizó al convertido Saulo de Tarso

San Ananías fue un discípulo del Señor en Damasco, a quien Cristo envió a Saulo de Tarso, que había quedado ciego. Le impuso las manos para que recobrara la vista y lo bautizó, y el antiguo perseguidor de la Iglesia se convirtió en Pablo, el Apóstol de los gentiles. La Iglesia recuerda a Ananías el 25 de enero, en la fiesta de la Conversión de san Pablo, apóstol.

Todo lo que sabemos de él con certeza procede de los Hechos de los Apóstoles, de los capítulos 9 y 22. No conocemos el año de su nacimiento ni el de su muerte, ni sabemos cómo llegó a creer en Jesús. San Lucas lo llama simplemente discípulo. San Pablo, al recordarlo años después en Jerusalén, habla de él como de un hombre piadoso y fiel a la Ley, de quien daban buen testimonio todos los judíos que vivían en Damasco.

Saulo se dirigía a Damasco con cartas del sumo sacerdote para encarcelar a los seguidores de Jesús que allí hubiera. Cerca de la ciudad lo envolvió una luz del cielo y oyó la voz de Jesús, a quien perseguía. Perdió la vista y durante tres días no comió ni bebió. Entonces el Señor habló a Ananías en una visión. Le mandó ir a la calle llamada Recta y preguntar en casa de Judas por Saulo de Tarso, que en ese momento estaba orando.

Ananías no ocultó su temor. Respondió que había oído a muchos hablar de todo el mal que aquel hombre había hecho a los creyentes en Jerusalén. Oyó entonces que el Señor había elegido a Saulo como instrumento suyo, para llevar su nombre a los gentiles, a los reyes y a los hijos de Israel. Ananías fue. Entró en la casa, impuso las manos a Saulo y se dirigió a él con las palabras «Saulo, hermano». Le anunció que lo enviaba el Señor Jesús para que Saulo recobrara la vista y quedara lleno del Espíritu Santo. Al instante cayeron de los ojos de Saulo como unas escamas. Recobró la vista y fue bautizado.

Según el relato del propio Pablo, Ananías le dijo que el Dios de sus padres lo había elegido para que conociera su voluntad y fuera su testigo ante todos los hombres. Lo exhortó también a no demorarse, sino a recibir el bautismo y lavar sus pecados invocando el nombre del Señor. Aquí termina lo que la Sagrada Escritura dice de Ananías.

Juan Pablo II, al peregrinar a Damasco en 2001, recordó que Ananías, a pesar de sus dudas y temores, obedeció al Señor y sin vacilar llamó hermano al enemigo de los cristianos. El Papa veía en ello dos rasgos de la misión de la Iglesia: la obediencia valiente a la palabra de Dios y la disposición a perdonar y a reconciliarse.

Una tradición oriental posterior cuenta a Ananías entre los setenta y dos discípulos enviados por Jesús y hace de él el primer obispo de Damasco y un mártir. Habría sido azotado y apedreado por orden del gobernador Licinio. El actual Martirologio Romano no recoge estas noticias y lo llama discípulo del Señor, que bautizó a Pablo convertido. En la ciudad vieja de Damasco los peregrinos visitan una cripta llamada casa de san Ananías, que está al cuidado de los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa. Ananías es venerado como santo desde la antigüedad, sin canonización formal.