
San Alejandro de Alejandría
Obispo
Obispo de Alejandría, adversario de Arrio, padre del Concilio de Nicea
San Alejandro fue obispo de Alejandría, en Egipto, en la primera mitad del siglo IV. Se opuso a la doctrina de su presbítero Arrio, que negaba al Hijo de Dios la verdadera divinidad, y, siendo ya un pastor anciano, participó en 325 en el Concilio de Nicea. La Iglesia lo recuerda el 26 de febrero.
De su origen y de su juventud no se sabe casi nada. No se conoce el año de su nacimiento; se indica una fecha en torno al 250. Pertenecía al clero de Alejandría en los años de la gran persecución, cuya última víctima fue el obispo de aquella ciudad, san Pedro. Tras el breve episcopado de Aquilas, Alejandro llegó a ser obispo; el año que se indica con más frecuencia es 313. Encontró la Iglesia de Egipto dividida por el cisma de Melecio, que duraba desde los tiempos de Pedro.
Unos años después el presbítero Arrio comenzó a enseñar que el Hijo de Dios es una criatura y que hubo un tiempo en que no existía. Alejandro, como él mismo escribió, prefirió al principio no dar resonancia al asunto y trató de convencer a Arrio. Cuando esto fracasó, convocó un sínodo de casi cien obispos de Egipto y Libia, que condenó esa doctrina y excluyó a sus partidarios de la comunión de la Iglesia.
De lo ocurrido informó por carta a los obispos de las demás Iglesias. Dos de esas cartas fueron conservadas por los historiadores antiguos Sócrates Escolástico y Teodoreto de Ciro. En ellas Alejandro defiende la fe en que el Hijo es eternamente engendrado por el Padre, y se remite al comienzo del Evangelio de san Juan. En una llama a María Madre de Dios (Theotokos); es uno de los testimonios antiguos de este título. Sin embargo, Arrio recibió el apoyo del obispo Eusebio de Nicomedia, y la disputa se extendió a otras Iglesias de Oriente.
El emperador Constantino envió a Alejandría al obispo Osio de Córdoba con una carta que llamaba a la concordia y, como eso no bastó, convocó a los obispos en Nicea. En el concilio acompañó a Alejandro el diácono Atanasio. Los padres conciliares rechazaron la doctrina de Arrio y profesaron que el Hijo es consustancial al Padre. Se ocuparon también del cisma de Melecio y confirmaron la antigua costumbre según la cual el obispo de Alejandría tiene autoridad sobre las Iglesias de Egipto, Libia y la Pentápolis. En su carta a la Iglesia de Alejandría pidieron que se recibiera con tanto mayor honor al obispo que, a pesar de su avanzada edad, había afrontado tan gran fatiga por la paz.
El año de su muerte no es seguro. Las obras más antiguas dan el año 326. La crónica unida a las Cartas festales de san Atanasio sitúa su muerte el 17 de abril de 328, y ese es el año que indicó Benedicto XVI en su catequesis sobre san Atanasio. Según la tradición, antes de morir Alejandro designó a Atanasio como su sucesor. Rufino de Aquilea cuenta que el obispo se había fijado en él cuando Atanasio era todavía un niño y que se ocupó de su instrucción.
La Iglesia venera a Alejandro como santo desde la Antigüedad, mucho antes de que naciera el procedimiento de canonización. El Martirologio Romano lo recuerda como un obispo anciano, encendido de celo por la fe, uno de los trescientos dieciocho Padres que en Nicea condenaron el error de Arrio.