San Agustín de Hipona
Obispo · 354-430
Obispo de Hipona y doctor de la Iglesia, autor de las Confesiones y de La ciudad de Dios
San Agustín de Hipona fue obispo en el África romana, Padre y doctor de la Iglesia. Su largo camino hacia la fe, que él mismo describió en las Confesiones, culminó con el bautismo recibido de manos de san Ambrosio. La Iglesia lo recuerda el 28 de agosto, aniversario de su muerte.
Nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, en Numidia, en la actual Argelia. Su padre, Patricio, era pagano, y su madre, santa Mónica, una cristiana ferviente que educó a su hijo en la fe. Desde el año 370 Agustín estudió retórica en Cartago, donde la lectura del Hortensio de Cicerón despertó en él el amor por la sabiduría. Entonces se unió a los maniqueos. Vivió con una mujer cuyo nombre desconocemos y tuvo con ella un hijo, Adeodato.
Enseñó retórica en Cartago y después se trasladó a Roma y a Milán. Allí los sermones del obispo Ambrosio y la lectura de las cartas de san Pablo lo ayudaron a encontrar la fe. Según las Confesiones, oyó en un jardín una voz de niño que repetía «Tolle, lege» («Toma y lee»), abrió la Carta a los Romanos y acogió sus palabras como dirigidas a él. En la Vigilia Pascual de 387, a los treinta y dos años, recibió el bautismo de manos de Ambrosio.
Poco después, en Ostia, de camino a África, murió su madre. En su Tagaste natal, Agustín llevó con sus amigos una vida comunitaria dedicada a la oración y al estudio. En 391 los fieles de Hipona lo instaron a aceptar la ordenación sacerdotal, y algunos años más tarde, en 395 o 396 (las fuentes dan ambos años), sucedió al obispo Valerio. Convirtió la casa episcopal en una comunidad de clérigos que vivían como monjes, y su regla se convirtió en el fundamento de la vida de muchas órdenes religiosas.
Según el Martirologio Romano, durante treinta y cuatro años fue un modelo para su rebaño. Predicaba, ayudaba a los pobres y a los huérfanos, y cuidaba del clero y de los monasterios. Defendió la fe frente al maniqueísmo, el donatismo y el pelagianismo, subrayando la necesidad de la gracia. Dejó más de mil escritos, entre ellos las Confesiones y La ciudad de Dios, escrita después del saqueo de Roma por los godos en 410. Al comienzo de las Confesiones escribió: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
En 429 los vándalos invadieron África y en 430 sitiaron Hipona. En el tercer mes del asedio Agustín cayó enfermo de fiebre. Hizo colgar en la pared los salmos penitenciales copiados en letras grandes para poder leerlos desde la cama. Murió el 28 de agosto de 430, cuando aún no había cumplido setenta y seis años. Desde alrededor del año 725 su cuerpo reposa en Pavía, en la basílica de San Pietro in Ciel d'Oro.
Agustín es venerado como santo desde la Antigüedad. Apenas un año después de su muerte, el papa Celestino I lo llamó uno de los mejores maestros de la Iglesia. En 1986, en el XVI centenario de su conversión, Juan Pablo II le dedicó la carta apostólica Augustinum Hipponensem, y en 2008 Benedicto XVI cinco catequesis.