San Adrián de Canterbury
Monje
Abad, erudito de origen africano, cofundador de la escuela de Canterbury
San Adrián de Canterbury, llamado también Adriano, fue un monje y abad de origen africano que en el siglo VII llegó de Italia a Inglaterra. Junto con san Teodoro de Tarso hizo de Canterbury un centro de estudio y de vida eclesial. La Iglesia lo recuerda el 9 de enero.
Casi todo lo que se sabe de él lo dejó escrito san Beda el Venerable en su Historia eclesiástica del pueblo de los anglos. Lo llama africano de nacimiento, pero no indica ni el lugar ni el año en que nació. Adrián era abad de un monasterio situado no lejos de Nápoles. Beda lo presenta como un hombre versado en la Sagrada Escritura, formado en la vida monástica y eclesiástica, y excelente conocedor del griego y del latín.
Cuando murió en Roma durante una epidemia Wighard, el candidato enviado allí para ser arzobispo de Canterbury, el papa Vitaliano se puso él mismo a buscar un pastor para la Iglesia en Inglaterra y mandó llamar a Adrián. Este se negó, por considerarse indigno de una dignidad tan grande. Propuso en su lugar a Teodoro, un monje erudito de Tarso de Cilicia que entonces se hallaba en Roma. El papa aceptó con la condición de que el propio Adrián condujera a Teodoro a Britania y lo apoyara en la enseñanza.
Partieron de Roma el 27 de mayo de 668. En la Galia los detuvo el invierno, y más tarde Adrián fue retenido por Ebroino, mayordomo de palacio del rey de los francos, quien sospechaba que llevaba a los reyes de Britania una embajada del emperador. Cuando la sospecha resultó infundada, Adrián pudo seguir su camino y hacia el año 670 llegó a Canterbury. Teodoro le confió el monasterio de San Pedro y San Pablo de aquella ciudad, llamado más tarde abadía de San Agustín.
Ambos recorrieron toda la isla enseñando los principios de la vida cristiana y el modo canónico de celebrar la Pascua. En Canterbury reunieron un numeroso grupo de discípulos. Además de la Sagrada Escritura les enseñaban el arte de componer versos, la astronomía y el cómputo del calendario eclesiástico, así como el griego y el latín. Beda atestigua que en su tiempo vivían todavía alumnos suyos que conocían estas dos lenguas como la propia. Entre los discípulos de Adrián estuvieron san Aldelmo, más tarde obispo de Sherborne, Tobías, obispo de Rochester, y Albino, su sucesor en el monasterio, que ayudó a Beda a reunir noticias para su obra.
Adrián sobrevivió casi veinte años a Teodoro, muerto en 690. Murió en Canterbury en el trigésimo noveno año de su estancia en Inglaterra y fue sepultado en la iglesia de la Madre de Dios de su monasterio. Como día de su muerte se señala el 9 de enero. El año no es seguro: las indicaciones de Beda permiten aceptar tanto 709 como 710.
Adrián pertenece a los santos venerados desde tiempos antiguos, antes de que en la Iglesia tomara forma el proceso de canonización. Según relatos posteriores de la abadía, cuando en 1091, durante la reconstrucción de la iglesia, se trasladaron las reliquias, su cuerpo fue hallado incorrupto, y su sepulcro se hizo célebre por los milagros. El Martirologio Romano lo recuerda como un abad que, versado en las letras sagradas y profanas, transmitió a muchos discípulos la doctrina de la salvación.