Beato Carlos Manuel Rodríguez Santiago
Laico · 1918-1963
Laico, apóstol de la renovación litúrgica, primer beato puertorriqueño
El beato Carlos Manuel Rodríguez Santiago fue un laico puertorriqueño, oficinista, que a pesar de una enfermedad crónica dedicó su vida a la renovación litúrgica y a la formación cristiana de los universitarios. Sus amigos lo llamaban Charlie o Chali. Es el primer puertorriqueño elevado a la gloria de los altares. La Iglesia lo recuerda el 13 de julio.
Nació el 22 de noviembre de 1918 en Caguas, segundo de los cinco hijos de Manuel Baudilio Rodríguez y Herminia Santiago. Cuando tenía seis años, un incendio destruyó la tienda de su padre y la casa familiar, y la familia se mudó con los abuelos. Debió mucho a su abuela Alejandrina Esterás, mujer de fe profunda. En el colegio católico de Caguas se formó con las Hermanas de Notre Dame y los redentoristas, y fue también monaguillo.
Siendo adolescente enfermó de colitis ulcerosa, que lo hizo sufrir toda la vida. Trabajó como oficinista, entre otros lugares en la Estación Experimental Agrícola de la Universidad de Puerto Rico. En 1946 comenzó estudios en esa universidad, pero la enfermedad lo obligó a interrumpirlos. Siguió formándose por su cuenta: leía mucho y, tras un año de clases de piano, aprendió por sí mismo a tocar también el órgano.
Su mayor pasión fue la liturgia, que consideraba la vida de la Iglesia. Le dedicaba casi todo su modesto sueldo: traducía artículos sobre la liturgia y los publicaba en los cuadernillos mimeografiados «Liturgia» y «Cultura Cristiana». En Caguas fundó un círculo de liturgia y un coro parroquial. En el Centro Universitario Católico de Río Piedras organizó otro círculo, así como los Días de Vida Cristiana, que ayudaban a los estudiantes a vivir los tiempos del año litúrgico.
Mucho antes del Concilio Vaticano II, trabajó por la participación activa de los fieles en la liturgia, por el uso de la lengua vernácula y, sobre todo, por la digna celebración de la Vigilia Pascual, que Pío XII había devuelto a las horas de la noche. Repetía con frecuencia: «Vivimos para esa noche», refiriéndose a la noche de Pascua. Juan Pablo II subrayó que él recordaba la llamada universal a la santidad, a la que todo bautizado debe responder de manera consciente y responsable. A pesar de su timidez y su salud frágil, irradiaba una alegría que nacía de la fe en la resurrección.
En 1963 se sometió a una operación grave, tras la cual se descubrió que padecía un cáncer de recto avanzado. Al final de su vida atravesó la noche oscura de la fe y se sintió abandonado por Dios, pero antes de morir reencontró la Palabra que había dado sentido a toda su vida. Murió el 13 de julio de 1963, a los 44 años. Pocos días antes había dicho que el 13 es un buen día.
Su causa de beatificación, impulsada por laicos reunidos en los círculos que llevan su nombre, se abrió en 1992. Se reconoció como milagro la curación de un linfoma no Hodgkin ocurrida en 1981. Juan Pablo II lo beatificó en Roma el 29 de abril de 2001.