Beata Josefa Naval Girbés

Laico · 1820-1893

Virgen, laica, bordadora y catequista, terciaria carmelita

La beata Josefa Naval Girbés fue una laica de Algemesí, cerca de Valencia. Se consagró a Dios sin dejar la casa familiar y durante varias décadas enseñó a las jóvenes de su parroquia el bordado, la oración y el catecismo. La Iglesia la recuerda el 24 de febrero.

Nació el 11 de diciembre de 1820 en Algemesí. Sus padres fueron Francisco Naval y Josefa María Girbés, y ella era la mayor de sus hijos. Fue bautizada ese mismo día y recibió los nombres de María Josefa. No tuvo mucha instrucción, pero aprendió pronto a bordar. En 1833 murió su madre y la adolescente se hizo cargo de la casa, de su padre y de sus hermanos menores.

El 4 de diciembre de 1838, pocos días antes de cumplir dieciocho años, hizo voto de castidad perpetua con el consentimiento de su director espiritual. Su guía era el párroco. No entró en un convento. Se quedó en casa, participaba cada día en la misa y cuidaba de los ornamentos litúrgicos y de los altares de la iglesia parroquial. Pertenecía a la Orden Tercera de los Carmelitas Descalzos, llamada hoy Orden Seglar de los Carmelitas Descalzos, y su vida espiritual se formó en la enseñanza de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz.

Hacia 1850, a los treinta años, por consejo del párroco abrió su casa a sus amigas y a las jóvenes del pueblo. Les enseñaba gratuitamente el bordado, en el que era muy diestra, y durante el trabajo les explicaba el Evangelio y el catecismo y les enseñaba a orar. Al taller acudían jóvenes de familias de toda condición. A las alumnas mejor preparadas les daba una formación espiritual más profunda en unos encuentros llamados «charlas del jardín». Muchas de sus alumnas formaron después una familia y muchas entraron en conventos.

Su solicitud no terminaba en el taller. Reunía también en su casa a las madres, pertenecía a la Conferencia de San Vicente de Paúl, visitaba a los enfermos, ayudaba a los pobres y reconciliaba a los esposos enfrentados. Velaba a los moribundos y los ayudaba a prepararse para la muerte. Durante la epidemia de cólera de 1885 atendió a los contagiados con entrega heroica.

Su salud era débil desde hacía tiempo y en los dos últimos años de su vida estuvo gravemente enferma. Murió en Algemesí el 24 de febrero de 1893, rodeada de sus alumnas, a los 72 años. Al día siguiente fue enterrada con el hábito carmelita, con gran asistencia de vecinos. En 1946 sus restos fueron trasladados a la iglesia parroquial de San Jaime de Algemesí.

El proceso informativo en la archidiócesis de Valencia se celebró de 1950 a 1952. En 1987 Juan Pablo II reconoció la heroicidad de sus virtudes y el 25 de septiembre de 1988 la proclamó beata en la plaza de San Pedro, en Roma. En la homilía subrayó que permaneció seglar: ella, que llenó de alumnas suyas los conventos de clausura, vivió ella misma los consejos evangélicos en el mundo.